—Perdón! —gritó el maestro Alfredo— Jansua tú hoy no vas. Es Luis es el que va al desván por su estrepitoso 1,1.

Luis levantó las cejas y clavó las uñas de la mano derecha en la pierna de Jansua.

—Andando! Venga!

—Pero… ¿Yo sólo? —protestó Luis.

—Bueno… Espera un momento —y empezó a revolver los exámenes— Fíjate que hoy tienes suerte —comentó asomando la mirada por encima de las gafas— Hoy te hará compañía Ana. —¡Yo? —exclamó una jovencita rubia un poco entrada en kilos y sentada dos filas atrás.

—Sí! Tú! que has sacado un cero tan redondo como tu barriga. Bueno no… Un cero con cinco. Tu barriga y un michelín —añadió Alfredo entre risas.

Un silencio abrumador y cortante inundó la clase. A diario oían muchos insultos, pero nunca eran tan directos como los de ese profesor. Además, Ana era muy buena chica y todos sabían que tenía problemas en su casa. Su padre bebía y se pasaba el día fuera, y cuando volvía daba cuatro gritos y se quedaba dormido donde coincidiera, en el WC en más de una ocasión, haciendo que ella y su madre tuvieran que ir al campo a hacer sus necesidades.

—Venga! Arreando para el desván! —masculló el profesor.

Luis miró hacia atrás y con un gesto de cabeza le indicó a Ana que saliera de clase. Abandonaron el aula y detrás de ellos los que iban castigados a la biblioteca. Al acercarse oyeron un chirrido y después un portazo. Era el ruido inconfundible de la puerta del desván al cerrarse. Jansua miró hacia arriba. No le gustaría nada estar allí y sufría pensando en lo que podía ocurrirles a sus compañeros. Aunque bueno. Nadie había muerto en el desván, que él supiera. Bajó su cabeza y continuó andando.

—Hola chicos! De nuevo malas notas, eh? —exclamó sonriendo la bibliotecaria, una señora de unos 50 años (LOS MÍOS ENSEGUIDA!!! EMOJI) con el pelo recogido en un moño por un montón de horquillas que prometían salir de allí en poco tiempo— Pues venga! A limpiar que sabéis que en un rato se da una vuelta por aquí Alfredo.

Los chichos, 11 en total, asintieron con su cabeza, accedieron al cuarto de limpieza y salieron de él preparados con trapos y limpiadores. Se distribuyeron como hacían habitualmente y Jansua se dirigió a la estantería de siempre, la de la Historia Mundial. Pero hoy no estaba como siempre. El estante de la Edad de los Metales estaba muy revuelto.

—A quien le daría por investigarlo? —pensó Jansua mientras empezaba a ordenar los tomos de la enciclopedia, cuando de repente algo le llamó la atención: Un papel amarillento colocado tras el tomo 2, en el que se explicaba todo lo construido con metal fundido. Lo cogió y lo desdobló. Allí aparecía la imagen de una espada clavada en el esqueleto de un hombre, o eso parecía, con una nota a pie de la imagen: Cementerio de Perna. Nunca nos hemos ido de aquí.

Nuestra puntuación
¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 0 Promedio: 0)

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies