Y de repente la bombilla empezó a moverse hacia los lados. Yo estaba sentado en el tresillo de paño verde, que cubre y no decora una de las paredes de la sala. Cubre porque va de una esquina a otra; no decora porque queda ahí como una patada en el culo, pero tapa la negra y mohosa humedad de esa pared así que a mí me sobra. Total! No tengo pensado llevar a una chavala a casa en bastante tiempo. Primero tengo que encontrar a alguna que se digne a hablarle a un hombre con bigote blanco, cuatro pelos rojos cayendo sobre la frente y una barriga prieta que apunta hacia arriba en idéntica proporción que el culo apunta hacia abajo. Pero que culpa tengo yo de haber nacido después de una noche loca entre algo parecido a Homer y Marge Simpson. Menos mal que soy hijo único. Pues ahí estaba tomando una cerveza mientras hacía zapping en la tele, cuando empezó el baile de la bombilla: 90 grados hacia la derecha, 60 para la izquierda. ¿Serían estrategias políticas? Mañana era día de elecciones. No creo, porque por el centro paraba poco y ya de diseñar algo implicar a todos los partidos ¿no?. Además iba ganando velocidad. Quieta loca! le grité, y después sonreí recordando la última vez que pronuncié aquellas palabras: A la Mari Juani en el baile de fin de curso del colegio. Pero igual que la Juani la bombilla no me hizo caso. Siguió danzando sin mesura. “¡Tú misma! Ya caerás!” le grité y me levanté a por otra birra, pero una ráfaga de aire helado se cruzó en mi camino y un olor penetrante llegó a mi nariz. ¿Serían espíritus invadiendo mi casa? “Quien anda ahí!” vociferé en medio del salón. “¡Vete! Abandona mi cuerpo!” Y de nuevo las palabras en mi cita con la Juani, pero esta vez dichas por ella cuando la llamé Lola. Un golpe seco me devolvió a la realidad. Me froté los ojos esperando ver al espíritu de las Navidades Pasadas, cuando perdí mi empleo por pellizcarle el culo a la repartidora de prensa, aunque eso no tenía sentido. Estábamos en Mayo. Abrí los ojos y me di cuenta de que el viento había cesado y la bombilla estaba quieta. De repente un palo cayó sobre mis pies. Era el que hace palanca entre la puerta del balcón y las bisagras, para mantenerla abierta. Entonces recordé que ese día había pintado el salón…  

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